LOS NIÑOS DEL PARAÍSO (1945). Un clásico de Marcel Carné.

los niños del paraíso
Los años 30 y 40 del siglo XX, fueron de particular esplendor para el cine francés. La primera década de los años 30 trajo obras maestras irrepetibles firmadas por cineastas de la talla de Jean Renoir, Jean Vigo o Jaques Feyder, y en el contexto del cine experimental o vanguardista, el cultivado por artistas como Jean Cocteau, Luis Buñuel o Man Ray. Películas como "La Gran Ilusión (1937)" o "La regla del juego (1939)" de Renoir, "Zero en conducta (1932)" y "L’Atlante (1934)", de Jean Vigo o "La Kermesse Heróica (1935)" de Feyder, conviven con "La Edad de oro (1930)" de Buñuel o "La Sangre de un Poeta (1932)", de Cocteau. La década de los años 40, por su parte, trajo uno de los momentos históricos más compulsivos de la historia de Francia. La Segunda Guerra Mundial había comenzado en septiembre de 1939 con la invasión de Polonia por parte de la Alemania nazi. La ocupación Alemana de gran parte de Francia y el Gobierno colaboracionista de Vichy marcaron el devenir de los primeros años de la década. El Mariscal Pétain, jefe de Estado francés, suscribe en 1940 el armisticio con Alemania, convirtiendo a París en parte de la zona ocupada de Francia.

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Cuatro largos años habrían de pasar hasta la liberación. En junio de 1944 se produce el desembarco aliado en Normandía y en agosto de ese año, la liberación de Paris. Sin embargo ese período de ocupación, resultó particularmente dichoso para la cinematografía gala, pues paradójicamente se rodaron unos 350 largometrajes, y se forjan cineastas del calibre de Jacques Becker, Henri-Georges Clouzot o Robert Bresson. Las décadas mencionadas, en definitiva, permiten la cohabitación el desencanto y el desgarro emocional en la pantalla. El público, superado por el avance del nazismo por Europa y por el subsiguiente conflicto mundial, se muestra más receptivo que nunca a historias oscuras, fatalistas, pobladas de personajes contradictorios, grises, reales como la vida, donde la tragedia marca la cotidianeidad vital. En este contexto histórico, Marcel Carné, quien fuera crítico de cine para revistas como Cinemagazine, Cinemonde, Hebdofilm o Film Sonore, y ayudante de dirección de cineastas de la talla de René Clair o del mencionado Jacques Feyder, compone los cimientos de su cinematografía.

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Los años 30 ven su primer largometraje, "Jenny (1936)", que dirige con 25 años de edad, donde colabora por primera vez con el escritor Jacques Prevert, con el que iniciará una fecunda relación profesional. A ella le sigue "Un drama singular (1937)", relato criminal con el que se convirtió en uno de los principales directores del cine francés. Carné alcanzará un importante peso específico, con la fatalista "El muelle de las brumas (1938)", una obra que describe el ambiente de angustia que se cernía sobre Europa como consecuencia del avance político del nazismo. Una trágica historia de amor entre dos seres desarraigados, interpretados maravillosamente por el divo del cine galo Jean Gabin y por la actriz Michelle Simon. A la maestría de los cineastas galos de la década de los cuarenta, Carné contribuye con dos piezas magistrales del cine francés de esos años. En primer lugar, "Les visiteurs du soir (1942)", una obra realizada en la Francia bajo control del Gobierno de Vichy, aunque impregnada del aroma de resistencia frente a la ocupación, pese a estar ambientada en la Edad Media, y la que nos ocupa, "Los Niños del Paraíso", en la que tampoco es nada difícil impregnarse del aroma reivindicativo de los franceses frente al yugo nazi.

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En plena segunda guerra mundial, Carné comienza, por tanto, a planear su séptima película, Los Niños del Paraíso. El proyecto surge de una reunión en un café de la ciudad de Cannes entre el actor Jean-Louis Barrault, el guionista Jacques Prevert y el realizador Marcel Carné. Barrault les habló del personaje real de Jean-Gaspard Baptiste Debureau, conocido como Baptiste, a secas, un trapecista circense que se reconvirtió en mimo y cosechó una fama enorme con la creación del personaje de Pierrot. Jean-Gaspard Baptiste sería interpretado por el propio Barrault. Se decidió la presencia en el proyecto, de otro artista de la época, Fréderick Lemâitre, actor dramático y cómico, muy célebre en su momento por haber reconvertido en comedia, a través de una de sus habituales improvisaciones en el escenario, la obra dramática L’auberge des Adrets (donde interpretaba el personaje de Robert Macaire), para escozor de los autores de la misma. Lemâitre sería interpretado por Pierre Brasseur, el inolvidable doctor Génessier de la obra maestra "Ojos sin rostro (1960)", de Georges Franju. Prevert se pondría a escribir el guión, con la condición de introducir otro personaje real: Pierre-Françoise Lacenaire, un ladrón, estafador, asesino, poeta y escritor, que inspiraría a Fédor Dostoyevski su magnífica novela Crimen y Castigo.

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Tan siniestro y fascinante personaje recaería en las manos interpretativas de Marcel Herrand. El personaje femenino sobre el que pivotan narrativamente los personajes masculinos, sería completamente ficticio, la joven Garance, interpretado por la actriz Arietty (cuyo nombre auténtico era Léonie Bathiat), que ya había igualmente trabajado con Carné en "Hotel del norte (1938)". Con un equipo técnico que incluía la presencia de Alexander Trauner como decorador artístico y el músico Joseph Kosma, ambos, por su condición de judíos trabajando desde la clandestinidad, Carné comenzó la filmación en el verano de 1943, en los estudios de La Victorine, en Niza. Tales estudios tuvieron que ser desalojados con motivo de la entrada de los aliados por Italia y el avance hacia el norte. El rodaje concluyó a mediados del año siguiente en los estudios de Joinville de París, donde se habían transportado los decorados desde Niza. Más de 1.800 extras (cohabitaron, sin saberlo, simpatizantes de los nazis, con miembros activos de la resistencia), 5.000 metros de película (con la división en dos películas, pues las autoridades nazis prohibían la duración superior a 90 minutos), múltiples vicisitudes, que incluían habituales cortes de electricidad, la escasez y precariedad del material fílmico, etc, y un presupuesto final que rondaba los 60 millones de francos, fueron necesarios para levantar este apasionante largometraje.

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El montaje fue costeado por el propio Carné, quien tuvo que vender la casa de sus padres. Fue la primera película en estrenarse en salas cinematográficas en Paris tras la liberación aliada. Este fresco histórico, crisol de historias cruzadas y de personajes cuyas vidas se entremezclan entre sí y con el devenir escénico, consta, como apuntamos, de dos partes: El Bulevar del Crimen y el Hombre blanco. Al comienzo, los créditos se solapan impresos sobre un telón, que se alza de un modo solemne, acompañado por una fanfarria musical, al finalizar aquéllos. Un plano general del Bulevard du Temple de Paris, conocido por como el bulevar del crimen, debido a la multitud de asesinatos con propósitos dramáticos cometidos en las diversas obras representadas en los mismos. Dicho Bulevard desaparecería definitivamente en 1862 con la construcción de La Plaza de la República. La gente se agolpa en torno a un equilibrista sobre una cuerda tendida por encima de sus cabezas.


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La cámara está erigida a una altura intermedia entre el público y el funambulista. Retrocede un poco, a plano general. Vemos uno de los personajes clave de la farsa, el miserable Jericho (interpretado por Pierre Renoir, hijo de Pierre Auguste, y hermano de Jean). La cámara, en un elegante travelling-grúa lateral, nos muestra el bullicio. Gente, carruajes y los artistas en sus atriles. Se detiene ante un forzudo que levanta pesas, un mono que camina con zancos, un tiovivo lleno de niños en caballos de madera. En uno de los escenarios al aire libre se nos dice “Pasen y vean, la verdad está aquí”. Un plano del retrato de una mujer desnuda preside al “Pasen y véanla… y cuando la hayan visto, ¡pensarán en ella de día y soñaran con ella de noche!”. Entran algunos curiosos, y vemos a la joven Garance, desnuda en un tonel lleno de agua, mirándose a un espejo. La verdad es relativa y esquiva. La siguiente secuencia servirá para presentar a Garance paseando por la bulliciosa avenida, y cómo se detiene en el atril donde Baptiste, estático, observa el mundo, sin perder detalle de la joven.

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Sólo despertará de su letargo para escenificar la realidad del robo de la cartera de un señor acaudalado del público, que sospecha de Garance y ha requerido la presencia de un agente de la autoridad, dispuesto a llevarse a la joven detenida. La escenificación del mimo, exculpará a la mujer, quien, entre agradecida y enamorada, lanza una flor al artista. Los niños del paraíso para la mayoría de críticos, es la obra maestra de Marcel Carné. Se trata de una fábula sobre el amor y la muerte, sobre el bien y el mal. Ambientada la década de los años 30 del siglo XIX, su vigor visual y la capacidad para sintetizar las relaciones entre la vida y el teatro, han hecho que probablemente sea la obra más vigente de su director, y que este bello filme siga manteniéndose actual y de interés para el público contemporáneo. El propio Carné dijo que Los niños del paraíso era un homenaje al mundo del teatro. Las rivalidades entre los actores dramáticos, histriónicos y ruidosos, y los silenciosos y más sutiles funambulistas, los amores cruzados de los diferentes personajes de la trama y como la vida incide en las diversas escenificaciones que pueblan la historia, sirven de meticuloso retrato social, donde los jóvenes que pueblan el paraíso (el gallinero de los teatros), jóvenes que viven en la miseria, pero tratan de evadirse como pueden de la miserable existencia, sin los cuales el teatro no sería posible, cobran cierto relieve.

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La mirada de Carné y la maravillosa prosa que Prevert deposita en los actores, esplendidos todos ellos, otorgan una armoniosa precisión al conjunto de la obra. El dominio de las secuencias de masas, y la (complementaria) habilidad de las secuencias íntimas, certifican la maestría de la puesta en escena de esta película. Para el recuerdo, la prolongada secuencia que captura uno de los silenciosos números de Baptiste, con Garance interpretando a una estatua silente, que emula a Diana, la diosa de la caza en la mitología romana (Artemisa en la griega). En un momento determinado, el mimo ve a la joven flirteando entre bambalinas con Fréderick. Por la expresión del rostro de Baptiste, la joven Nathalié (interpretada por la actriz española María Casares, exiliada en Francia huyendo del franquismo) emite un grito desgarrador, rompiendo la regla del silencio que rige inquebrantable en la escenificación en el Teatro de los Funambulistas, asustada por la expresión de Baptiste, del que estápacientemente enamorada. “… Esa forma de mirarte y no verte… como si estuviese perdido…”, dirá la sufridora joven. Marcel Carné cayó en desgracia en general para crítica cinematográfica años después de la segunda guerra mundial. Cierto es que su cine jamás volvió a las cotas de calidad de esta película.

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Diría el realizador con cierta resignación “me piden una y otra vez que repita Les enfants du paradis… como si eso fuese tan fácil”. Los jóvenes creadores de la prestigiosa Cahiers du cinema, y en particular uno de ellos, François Truffaut, se erigieron en francotiradores contra el cine francés de los años 30 y 40, y en particular contra el etiquetado “realismo poético”. Dicha denominación hacía referencia al cine más o menos sofisticado, con entronque en la literatura, muy elaborado, y que consideraban muy artificial. Por supuesto, la película de Carné era un notorio baluarte del realismo poético. Trufffaut definió el cine de Carné como “rancio y anticuado”. Los jóvenes cineastas de la Nouvelle vague proclamaban un cine más a pie de calle, más realista, con menos artificio. Como el tiempo coloca todas las cosas en su lugar, en 1979 se le otorgó a Marcel Carné el premio César de honor. El 14 de abril de 1984, coincidieron Marcel Carné y François Truffaut en la localidad de Romilly con ocasión a la inauguración de dos salas de cine bautizadas con los nombres respectivos de ambos realizadores. Truffaut dijo: “He hecho 23 películas… ¡Está bien!, pero las cambiaría todas por haber hecho Los niños del paraíso…”.

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Frases para recordar:

"-Puedo decir que me has sorprendido. Hablas con las piernas, respondes con las manos. Una mirada, un gesto, dos pasitos… y en el paraíso lo entienden todo.
-Si, lo comprenden todo. Sin embargo, son pobres gentes, pero yo soy como ellos y los amo, los conozco. Su vida es mísera, pero tienen grandes sueños, y no sólo quisiera hacerlos reír… también quisiera conmoverlos, asustarlos, hacerles llorar.
-¿Y todo eso sin decir nada?
-Si… sin decir nada…"

Conversación entre Fréderick (Pierre Brasseur) y Baptiste (Jean-Louis Barrault).

"-Tiene usted la cabeza demasiado caliente para mí y el corazón demasiado frío… temo las corrientes de aire y yo tengo poca salud.”
Garance (Arietty) a Lacenaire Marcel Herrand
“- ¿En qué piensas, bella esfinge?
- En nada… en un montón de cosas. Por ejemplo, pienso en que en todo el mundo existen enamorados que se aman sin decir nada, o que expresan su amor con palabras sencillas, palabras cotidianas… me parece hermoso".

Conversación entre Fréderick (Pierre Brasseur) y Garance (Arietty)

"Los celos son de todos si la mujer no es de nadie".

Fréderick (Pierre Brasseur)

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Título original: Les enfants du paradis.

Director: Marcel Carné.

Intérpretes: Jean-Louis BarraultPierre BrasseurPierre RenoirArlettyMarcel HerrandMaría CasarèsLouis Salou.


Trailer:



Escena:



Información complementaria:


Reseña escrita por Manuel García de Mesa


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