CON LAS HORAS CONTADAS (1950). La pequeña joya de cine negro de Rudolph Maté.

con las horas contadas
-"Frank Bigelow: He venido a denunciar un asesinato
- Teniente de policía: Siéntese. ¿Dónde se ha cometido?
- Frank Bigelow: En San Francisco, anoche.
-Teniente de policía: ¿A quién han asesinado?
- Frank Bigelow: A mí."

De esta forma tan impactante como original da comienzo un relato donde el protagonista, Frank Bigelow (Edmond O'Brien) recorre la ciudad de noche para adentrarse a lo largo de interminables, estrechos y desoladores pasillos de un gran edificio de Gobierno. La cámara lo sigue en su largo camino hasta llegar a la jefatura de policía donde se limita a denunciar su propio asesinato. Mediante un flash-back en primera persona comienza a relatar los hechos. Frank nos narra su propia vida y experiencias en las horas previas. Es un hombre corriente, que ejerce su profesión en una pequeña ciudad de California. Se trata de una oficina, similar a una notaría, que dirige con su fiel y enamorada secretaria, Paula (Pamela Britton). Decidido a pasar unos días libres para divertirse, salir de noche y distanciarse de un posible compromiso sentimental con su pareja, Paula, viaja a un gran Hotel de San Francisco. Una vez allí, se verá envuelto por la vorágine de diversión de la gran ciudad. Pero al despertar a la mañana siguiente, el malestar que podría corresponder a una simple borrachera se convierte en una pesadilla. Aunque inicialmente se niegue a aceptarlo, dos médicos diferentes le comunican que ha sido envenenado deliberadamente con una toxina radioactiva para la que no existe cura y que su muerte será inevitable dentro de pocas horas. 

con las horas contadas

Basada en una cinta alemana previa, escrita por Billy Wilder y dirigida por Robert Siodmak, en la que el protagonista iba en busca de su propio asesino, "Con las horas contadas" goza de la particularidad de situar al protagonista, un hombre corriente, en la tesitura desesperada de investigar y conocer las razones que han motivado su propio asesinato. El título original del filme, "Dead on arrival", traducido algo así como "ingresado cadáver" o "muerto al llegar" impresiona lo suficiente como para atrapar al espectador desde el inicio. Se trata de una película que bien podría compararse con un buen cocktel que se sirve frío como aperitivo. Compuesto por todos los elementos formales del cine negro más clásico, se bebe rápido, sin apenas darnos cuenta, se degusta en el paladar durante el breve momento que dura la trama, pero una vez bebido, no tiene el suficiente cuerpo o sustancia como para conseguir permanecer en nuestra boca y podemos pasar a consumir algún verdadero plato fuerte. Esta película de Rudolph Maté, brillante director de fotografía reconvertido en director de películas, nos presenta una de las premisas indispensables del cine negro: el destino amenazador que oprime a los protagonistas, la fatalidad ineludible que les conduce a un desenlace trágico. Como corresponde a un director que considera la imagen elemento fundamental de la trama, contó con la magistral dirección de fotografía de Ernest Laszlo, el cual se encarga de mostrarnos bellísimas panorámicas de la ciudad de San Francisco, tanto durante el día con sus cuestas y su famoso tranvía, como con sus sombras amenazadoras durante la noche. 

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También es capaz de conducirnos por los claro-oscuros de los interiores de clubs nocturnos, hoteles de lujo, comisarías de policía o tiroteos donde descubrir la silueta del delincuente es crucial para salvar la vida. El guión fue escrito por Russell Rouse y Clarence Greene, los cuales, partiendo de una impactante incógnita inicial elaboran una complicada trama donde predomina el ritmo frenético y desesperado de un hombre que no acierta a saber por qué está predestinado a morir.  La búsqueda de su asesino se manifiesta una vez que se han descrito las diversiones nocturnas de una ciudad que parece concebida para ello. La secuencia en el Club de jazz nos deleita con una gran actuación musical, nos sumerge en la nocturnidad, en el coqueteo con la lujuria.  El ritmo narrativo es veloz desde el comienzo y no cesa en ningún momento, y quizás, ese es el elemento principal que mantiene la solidez del film junto con su gran fotografía en blanco y negro. El tratamiento visual de ese mundo desenfadado se nos presenta como un gran desfile rápido de planos, música y bullicio, para sumergirnos en una atmósfera neblinosa donde puede tejerse un ambiente demencial. Maté traslada magníficamente a imágenes el guion de Russell Rouse y Clarence Greene, y construye la película sobre un gran flashback en el que Frank relata lo sucedido a la policía de San Francisco. El interés del director, no obstante, no reside tanto en la presentación de la intrincada y laboriosa investigación de Frank y en el uso del suspense, sino en la evolución del personaje ante la angustiosa situación de enfrentarse con la muerte y en las implicaciones que esto arrastra. En particular, parece destacable, su arrepentimiento de no haber sabido valorar lo suficiente la lealtad de la mujer que lo ama. Por eso, buena parte de las mejores secuencias del metraje se dedican a esta cuestión. 

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Hay grandes diálogos finales entre ambos donde un desesperado Frank reconoce no haber valorado lo que tenía hasta que debe enfrentarse al hecho de perderlo. Otro dato interesante del film es la sustancia tóxica presentada como veneno sin antídoto. Una sustancia fluorescente. Destacable imagen cuando el doctor apaga la luz para mostrar al todavía incrédulo Frank un tubo de ensayo con su sangre que brilla en la oscuridad. Al final de la película, un párrafo se encarga de confirmarnos que dicha toxina existe en la realidad. Es el Iridio, un metal radiactivo. Nadie podría imaginar que décadas más tarde la realidad superara una vez más a la ficción y un gran líder político fuera envenenado por sustancias radiactivas frente al mundo sin que nadie pudiera hacer nada por evitar su lenta y penosa muerte. Como ya he comentado, la película está circunscrita a los cánones del cine negro, pero en mi opinión, aunque estética y formalmente sea impecable, falla en uno de los grandes principios que motivó el inicio de esta corriente de estilo cinematográfico. Falla en desmontar códigos moralizantes, ya que más bien, su posible metamensaje para quien quiera verlo, parece estar dirigido a poner de relieve el cuestionamiento de determinados aspectos sociales, reflejados en el notable atrevimiento para la época de la relajación en las costumbres de la América urbana y el exceso de libertinaje. Tal vez debido al incumplimiento del primer mandamiento de la vida en pareja en el Hollywood del Código Hays, Bigelow se encuentra en San Francisco con lo que no buscaba, pero se merece como castigo a su comportamiento: la muerte. Este film está considerado entre los 50 mejores de la historia del cine negro y recibió el Premio National Film Registry en el año 2004.

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Título original: D.O.A.

Director: Rudolph Maté.

Intérpretes: Edmond O'Brien, Pamela Britton, Luther Adler, Beverly Garland, Lynn Baggett,William Ching, Henry Hart.

Trailer:


Escena:



Reseña escrita por Bárbara Valera Bestard


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